* Mi primer cochino
No era una mañana cualquiera.Era mi primera jornada a la mayor.Despues de toda una vida dedicada a la menor, tenía la oportunidad de experimentar lo que significaba una batida al Jabalí, la especie quizás más tradicional de nuestra caza mayor en España.Hasta ahora, términos como mancha, rehala, ladras, armadas, sorteo etc. eran palabras no vividas en primera persona; solo sabía de ellas por revistas, videos y experiencias de conocidos y amigos, pero esa mañana iba a tener la oportunidad de experimentarlas.
Llevaba varias semanas preparándolo todo con la mayor ilusión, la escopeta, los cartuchos de bala, la ropa e incluso durante esas semanas antes a la batida, soñaba con un lance para el recuerdo, uno de esos que no se te olvidará nunca y que se convertiría en el mejor, cumpliendo todas mis expectativas y sueños.
Llegué al punto de encuentro pronto, de los primeros … mis compañeros de cazadero me decían: “Has madrugado mucho” … Era una mañana fría y ventosa de mediados de Octubre con lo que lo primero que hice fué meterme en el bar de la plaza del pueblo para entrar en calor con un buen café caliente acompañado de un chorreón de un buen orujo casero.Tras los típicos cafés, dulces, cigarritos, charlas animosas y presentaciones llegó la hora del sorteo.Sorteo en el que fui agraciado con el “gordo”, ya que a la postre en solo otros 3 puestos además del mio se consiguió abatir un cochino, armada 3ª puesto 5 fue mi lugar predestinado para la batida.
Mi puesto se encontraba a la salida de la mancha que se batió esa mañana, por su parte baja, ya que la mancha se estendía ladera arriba hasta la misma sierra que domina la parte oeste del coto.El puesto estaba en lo alto de un cerrete, no muy alto, pero si lo suficiente como para dominar con cierta claridad el tiradero que se abría justo después de la mancha.Estaba bastante cubierto de jaras frondosas y robles pero dejaba varias zonas más claras por las cuales sería posible ver e incluso apuntar con cierta tranquilidad a una posible pieza que entrara desde abajo, cumpliendo hacia la cima del cerrete donde se encontraba mi puesto.
Al poco de cargar mi escopeta con las balas que tan concienzudamente había elegido se comenzaron a oir las ladras de los perros y los azuces de los perreros muy a lo lejos, pero un gran escalofrio me recorrió todo el cuerpo solo de oir esos sonidos casi fantasmagóricos en mitad del monte y de pensar que la cosa ya iba en serio.
Despues de más de hora y media empezaron aparecer los perros en el borde de la mancha con el tiradero, no habia habido suerte.Se habían escuchado algunos tiros de otra armada en los puestos que había ladera arriba en la falda de la sierra; hacía donde precisamente se habían dirijido las ladras de los perros más intensas y hacía donde esa mañana con toda seguridad, tenían su querencia para la huida los jabalís que fueron levantados por la rehala.Un gran desasosiego me embargó; no había habido suerte.Ni una sola res apareció por nuestro tiradero en dos horas de ir y venir de perros y perreros.
Nunca podré olvidar el palpitar de mi corazón y el subidón de adrenalina que experimentó mi cuerpo, cuando ya daba por terminada la batida y contaba ya como fracaso absoluto mi primera experiencia con la caza mayor.
Como surgido de la nada, llegó a mi un sonido de crujir de ramas y batir de jaras; no podía creer que fuera verdad hasta que de pronto, enfrente de mi subiendo la ladera del cerrete como a unos veinticinco metros apareció lo que me pareció el lomo y la “cresta” erizada de un cochino.Venía andando, con paso firme y sin detenerse para nada, con la cabeza a media altura sorteando obstáculos.Sin prisa pero sin pausa alguna.
En ese momento, dudé, no sabía si tirar la escopeta y subirme al roble que tenía detrás ó echarme la escopeta a la cara para intentar abatir a tan espectacular animal que se me echaba encima.El jabalí venía directo a mi, solo le veia la cabeza.En ese momento y casi sin pensarlo me agaché un poco y me corrí tres metros para abrirme algo el ángulo de tiro.Le tenía a 15 metros aproximadamente, me incorporé, me encaré la escopeta asiendola con firmeza y le apunté detrás de la cabeza.Un gran estruendo rasgo el silencio que dominaba ya el monte.El cochino herido de muerte solo tuvo tiempo para dar dos giros sobre si mismo intentando rehacerse de tal mortal embite, para terminar yaciendo en el suelo sin tiempo para darse cuenta de lo que le había ocurrido.
Los dos compañeros de batida que tenía mas próximos me miraron y uno de ellos me hizo el gesto con el pulgar hacía abajo queriéndome preguntar si lo había matado.Yo le contesté con el pulgar hacía arriba en señal de asentimiento y me imagino que con una sonrisa de oreja a oreja.Me acerqué a mi pieza pasados dos minutos y cuando la tensión por fin se tornó en satisfacción y alegría por el lance vivido, y efectivamente, allí estaba, allí yacía el que significó mi estreno, mi noviazgo y el que ha supuesto uno de los más bonitos y emocionantes lances de mi vida … “Mi primer cochino”